Cocinas comunitarias: mujeres, nutrición infantil y saberes en el Vaupés
- Sinergias

- 29 abr
- 4 min de lectura
Un proyecto reciente demuestra que dos ejes del trabajo en Sinergias van de la mano: la seguridad alimentaria y el liderazgo de la mujer. Entrevista con una de las lideresas de la iniciativa.

Propender por la seguridad alimentaria y por la nutrición infantil no significa simplemente llevar alimentos a una comunidad que los necesita. Implica, sobre todo, que dicha comunidad fortalezca sus propios recursos, conocimientos y prácticas para acceder, de manera sostenible, a alimentos suficientes y de calidad.
En las comunidades indígenas del Vaupés, esto supone enfrentar algunas de las amenazas más latentes para la seguridad alimentaria, si bien no son las únicas: la pérdida de conocimiento intergeneracional, la llegada de productos industriales de bajo valor nutricional y la reducción de espacios seguros para el liderazgo de las mujeres.
En 2025, las comunidades de Puerto López, Santa Marta, Tucandira, Pueblo Nuevo y Puerto Corroncho desarrollaron junto con Sinergias el proyecto Hatʉoíyamí: cocinas comunitarias e interculturales. Su eje fue la construcción y dotación participativa de cocinas comunitarias, pensadas como espacios para fortalecer la nutrición infantil, la transmisión de saberes y el liderazgo de las mujeres. Lea más sobre el proyecto aquí.
Para comprender mejor lo que estos espacios significan para la vida comunitaria —y para las 178 familias beneficiadas— conversamos con Rosa Tulia González, asesora técnica de Sinergias y lideresa del pueblo Desana, quien participó en el proyecto y comparte aquí su experiencia desde el territorio.
¿Cómo es que en una cocina comunitaria se puede mejorar la nutrición infantil?
Si se tienen en cuenta ciertas recomendaciones de cuidado, todo lo que se prepara en ese espacio beneficia la salud de las personas, pero especialmente la de los niños. Eso sí, una cocina nutritiva es el espejo de lo que ocurre en la chagra. Si en la chagra hay yuca, frutales y otros alimentos, y además se complementa con la cacería y la pesca, entonces la cocina también va a estar bien nutrida.
Además, allí ocurren muchas cosas que, aunque no sean directamente la preparación de alimentos —como el cuidado, el mantenimiento o la limpieza— también aportan a la salud. Por ejemplo, en ese espacio la mente de la mujer puede estar tranquila y su salud estar bien. Porque la cocina no es solo un lugar físico: significa mucho para las mujeres indígenas. Todo lo que existe allí tiene vida, incluso los utensilios.
¿Y cómo se conservan los saberes ancestrales en esa cocina comunitaria?
El hecho de que exista un espacio físico con ese propósito dentro de la familia hace que el pensamiento vaya directamente hacia la tradición. Si no se tiene una cocina tradicional, las maneras de preparar los alimentos y de organizar el lugar cambian, y con ello también cambia el comportamiento de las personas, tanto de los niños como de los adultos. Pero si la cocina cuenta con utensilios tradicionales y allí se preparan los alimentos con esa consciencia, entonces la cultura se conserva.
Aquí, en el territorio, los niños aprenden observando. Las niñas, por ejemplo, siempre están viendo y escuchando lo que hace la mamá o la familia. Por eso ese espacio es también un lugar de aprendizaje para ellos, más allá de los salones de clase donde estudian.
¿Cómo ve usted que las mujeres, allí, fortalecen su voz de liderazgo?
Yo pienso que la cocina es realmente la voz de la mujer, o su representación. Desde el territorio se dice que una casa sin cocina es como una persona que no tiene valor por sí misma: para ser, para decidir, para proyectarse. Para una mujer, ese espacio representa casi la misma vida: la salud, la decisión. Si no lo tiene, siempre le va a hacer falta una parte de su cuerpo, de su vida.
Primero, porque la cocina está vinculada con la alimentación. Segundo, porque allí está el conocimiento. Y, además, es un espacio de decisión: allí la voz de la mujer es muy valiosa. Si una mujer le dice al hombre: “Necesito una cocina de esta manera, con tales divisiones”, el hombre tiene que diseñarla tal como ella diga.
La cocina es el reflejo de la familia. Allí se ve el liderazgo y la organización. Cuando hablamos de que los platos estén limpios, de que la casa esté organizada o de que la cocina tenga alimentos disponibles —quiñapiras, casabe, fariña y todo lo que necesita la familia— estamos hablando también de decisiones y liderazgo. Por eso una cocina es fundamental para la vida y la voz de las mujeres.
¿Qué quisiera resaltar de la experiencia de la creación de cocinas comunitarias interculturales de la mano de Sinergias?
Nosotras, que estamos aquí en el territorio, nos hemos dado cuenta de que este proyecto fue una respuesta que Sinergias dio a muchas mujeres de las comunidades, haciendo visible su solicitud. Hace algunos años era solo una idea; luego se convirtió en propuesta; después fue conocida dentro de la organización y finalmente pasó por la convocatoria en dos ocasiones. Ese proceso es un logro importante para las familias y para las comunidades que hoy hacen uso de estas cocinas tradicionales.
Estos espacios han suplido muchas necesidades que las familias mencionaban. Antes no había un lugar específico para guardar ciertos utensilios de cocina —tanto tradicionales como occidentales— que se utilizan en diferentes eventos comunitarios. Tampoco era cómodo pedir prestada una cocina o un lugar para preparar alimentos.
Ahora contar con una cocina comunitaria ha generado mayor satisfacción entre las mujeres, y eso se nota. En ese sentido, también quiero agradecer a la organización por escuchar estas peticiones y trabajar desde las necesidades de las mujeres.
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