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El parto humanizado se conoce y se aprueba, pero… no se practica. Hallazgos de un estudio en el Cauca

  • hace 10 horas
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En 12 instituciones de 10 municipios del departamento del Cauca se indagó qué tan consciente y dispuesto está el personal de salud a atender partos con criterios y protocolos humanizados e interculturales. Seis de cada diez tienen los conocimientos; ocho de cada diez, la actitud. Pero luego, menos de dos de cada diez lo llevan a la práctica.


Por: Redacción Sinergias



El estudio, fundamentado en una encuesta al personal de salud que atiende partos, se publicó en abril de 2026 en la Revista Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia. Se llama Conocimientos, actitudes y prácticas del personal de salud sobre parto humanizado y culturalmente seguro, y lo realizó un equipo de siete investigadores —cinco de ellos de Sinergias— junto con la Universidad del Cauca y la Secretaría Municipal de la Mujer de Popayán. Cabe anotar que el instrumento nació de otra iniciativa conjunta: el Diplomado de Pertinencia Intercultural de Servicios de Cuidado Materno Perinatal, desarrollado por la Universidad del Cauca, la Secretaría Departamental de Salud del Cauca y Sinergias.


La encuesta fue respondida por 170 profesionales y técnicos de 12 instituciones prestadoras de salud en 10 de los 42 municipios del departamento. Quizá el hallazgo más llamativo del ejercicio es lo que sus autores llaman una discordancia: el 60 % demostró conocimientos suficientes sobre parto humanizado y culturalmente seguro y el 81,1 % actitudes favorables, pero solo el 16,5 % obtuvo un puntaje suficiente en prácticas. Y lo que falla no es la técnica clínica sino el encuentro intercultural. Por ejemplo: mientras el 90 % está de acuerdo con capacitarse en humanización, apenas el 35,9 % acepta la participación de parteras tradicionales y solo el 23,5 % ve sentido en dialogar con las comunidades para adecuar los servicios. En la práctica, el 44,6 % nunca o casi nunca facilita el acompañamiento de una partera, el 30,3 % nunca permite a la mujer elegir la posición en el expulsivo y el 29 % realiza episiotomías de rutina.


Hablamos con dos de las investigadoras, Isabel Cristina Peña Eraso y Martha Cecilia Segura, sobre aquello que se atraviesa entre lo que el personal de salud aprendió y lo que realmente sucede en la sala de partos; asimismo, acerca de por qué la ley no basta para cambiar esta situación, y sobre lo que una mujer que va a dar a luz en el Cauca tiene todo el derecho a exigir en contraposición con lo que no tendría por qué aceptar.


Estas son sus respuestas.


El estudio encontró que la mayoría del personal de salud sabe en qué consiste un parto humanizado, pero muy pocos lo practican de verdad. ¿Por qué lo que se sabe no se aplica?


Es que del dicho al hecho hay mucho trecho. El parto en cama lleva mucho tiempo posicionado como la forma de parir: es como se ha enseñado en la universidad a todas las personas que se forman en este proceso. Solo en los últimos años se ha vuelto a retomar el parto vertical, precisamente por la necesidad del enfoque intercultural. Pero las instalaciones no están preparadas: en la sala de partos existen solo las camillas de examen ginecológico en decúbito, y apenas empieza a implementarse la dotación para partos verticales. Tampoco hemos sido entrenados para atenderlos. Entonces, a pesar de que se tiene claro cuál es el deber ser, no se tiene la competencia técnica ni la infraestructura. Y se termina haciendo lo de siempre. También pesa la parte cultural: en las películas y las novelas la gente sigue pariendo acostada, y ese imaginario colectivo sigue ahí.


Pero el parto humanizado va más allá del parto vertical. Con el acompañante, por ejemplo: a veces está en el trabajo de parto, en muy pocas ocasiones le permiten la entrada al parto, y de pronto sí está en el posparto. Dicen que es porque no hay espacio suficiente, pero lo que vimos en la experiencia de El Bordo es que ese acompañamiento no está protocolizado. Muchos acompañantes no identifican cuál es su papel y no se sienten útiles. Si se protocolizara cómo debe entrar el familiar, qué ropa debe utilizar, dónde se va a ubicar… Pero no es así. Entonces, cuando alguien quiere permitir que entre, no tiene la seguridad de que lo va a hacer bien. Y está el temor grandísimo, también descrito en la literatura, de la contaminación de un lugar estéril.


Entonces sí: hay una norma nacional que ya es bastante conocida, pero al interior de las instituciones los procesos de atención no se han ajustado a esa normatividad.

Pasa con otras cosas. La recomendación del contacto piel a piel es durante la primera hora de vida, y se está haciendo por unos minutos, a veces por unos segundos. Con el pinzamiento del cordón tampoco se está siguiendo la recomendación. Y eso pasa no solo porque la mujer y su familia no reconocen que esos son sus derechos, sino por el desconocimiento del personal de salud sobre las ventajas: cómo el acompañamiento reduce la necesidad de anestesia y mejora el APGAR del recién nacido. Con un conocimiento profundo de esto, seguramente se lucharía más para que se pudiera dar en los hospitales.


Se necesitan tres cosas: capacitación que no solo informe sino que sensibilice sobre por qué hacerlo; información para la familia y la mujer sobre sus derechos y cómo ejercerlos; y que la institución, desde el nivel gerencial y de calidad, lo asuma en sus procesos y protocolos, más la adecuación de infraestructura. La infraestructura es lo que genera mayor dificultad, pero muchas de las cosas del parto humanizado no requerirían una gran intervención: es más la voluntad institucional y el liderazgo dentro de la institución.


Según el ejercicio realizado para este estudio, los técnicos y auxiliares se perciben como más dispuestos al cambio que los ginecobstetras y el personal administrativo. ¿Por qué la resistencia aumentaría de la mano de la jerarquía?


En el área de la salud existe esa separación, y se refuerza en todo el proceso formativo: se mantienen jerarquías entre el maestro, el residente mayor, el residente menor, el interno, el estudiante... Pero además faltan espacios de encuentro, no solo entre el conocimiento biomédico y el ancestral, sino entre dos profesiones distintas con un mismo objetivo. Porque cuando miramos las actitudes en la encuesta, los especialistas tienen mejor puntaje que los mismos auxiliares. Es percepción, pero contrasta con lo que ellos estarían dispuestos a aceptar.


Las instituciones siguen programando jornadas para especialistas, jornadas para médicos generales y jornadas para auxiliares, con un lenguaje distinto para cada uno. Pero hay conocimientos que deben ser para todos, en el mismo idioma.

Otra posibilidad es que a mayor especialidad, mayor resistencia, tal vez por un tema de egos. Sin embargo, es justamente con ellos con quienes hay que trabajar: en la medida en que comprendan las razones, es muy probable que su actitud cambie totalmente.


También puede ocurrir que, justamente por el imaginario de que el especialista se resiste, tampoco se lo incluya. Se cita a los auxiliares y van, se cita a los enfermeros y van, se cita a los especialistas y casi no van. Debe existir una estrategia que garantice que todos participen, con un soporte científico a la altura de sus conocimientos. Con la parte administrativa es puro tema de información. Siempre nos centramos en el personal asistencial, pero el personal administrativo no está separado de los procesos y puede convertirse en barrera o en quien facilite la atención. Con ellos no se necesita profundizar tanto, pero sí sensibilizar frente a la importancia y a la legislación que soporta todo esto.


Por último, hay otro elemento: no hay buena relación entre los municipios distantes de Popayán y el centro de referencia, ni una estrategia para que los especialistas del segundo y tercer nivel se aproximen a los médicos y enfermeros del nivel primario. Y quienes están en el nivel primario, cuando valoran a las mujeres atendidas en mayor complejidad, reciben el condensado de quejas: tratos no formales, retrasos, "no me voltearon a ver"... Tanto es así que muchas mujeres de la periferia lo que menos quieren es ir a una mayor complejidad.


Colombia tiene desde hace años una ley de parto digno y humanizado, así como normas que reconocen el derecho a una salud intercultural. ¿Por qué la ley no alcanza para transformar lo que pasa dentro de un hospital? ¿Por las mismas razones de arriba?


Prácticamente sí son las mismas razones. Y en la medida en que existan más leyes es porque hay más dificultades.


Aquí tienen un papel las entidades territoriales y los entes de control. Falta el castigo por no cumplir, sí, pero también el acompañamiento sobre cómo cumplir. Y ese acompañamiento para unas instituciones va a ser mucho más fácil que para otras, con estructuras menos organizadas y más dificultades económicas y de acceso. Sobre todo en salud intercultural, desde las entidades rectoras hacen falta estrategias y lineamientos que permitan hacer más palpable, más masticable, cuál es el cambio que hay que hacer. Y eso no puede salir de una mesa centralizada ni ser una receta para todo el país: debe salir de un ejercicio de aproximación a cada territorio. No es lo mismo lo que Sinergias ha recomendado en Vaupés, después de trabajar allá, que lo que puede recomendar para Cauca.


La ley dice "haga esto, haga lo otro", pero cómo se materializa es el problema siempre. Las entidades territoriales municipales deberían hacer la asistencia técnica, pero no tienen la capacidad técnica ni el personal. Al final lo que se termina haciendo hacia las IPS son listas de chequeo: tiene, no tiene. Pero cómo hacer que lo consiga, eso no pasa. Y si la institución no lo tiene, ¿qué hay detrás? ¿Que falta capacitación, o que no se han trabajado los procesos y protocolos? Nosotros vemos que se capacita, que la gente lo tiene claro, pero que eso no está metido en los procesos de atención. ¿De qué sirve capacitar si el proceso de ejecución no lo ha implementado?


Un ejemplo concreto es el tiempo. La Resolución 3280 dice cómo hay que atender a una mujer, pero si en una brigada llega mucha gente y hay que atender a todos en 10 o 15 minutos, no se alcanza. Y en los hospitales de nivel complementario el volumen es muy alto: entra uno, sale otro. No se puede garantizar un contacto piel a piel si ya hay que sacar a una señora porque está llegando la otra. La ley tiene una muy buena intención, pero operativamente, cuando va bajando, es difícil.


Ahora: en un hospital que tiene un parto cada dos meses, el médico que atiende urgencias es el mismo de consulta externa y el que se va en las brigadas; el enfermero está a cargo de todo con poquitos auxiliares. Ahí entra la organización del sistema: capacidad técnica y operativa, disponibilidad, contratación —porque las contrataciones aparecen de marzo o abril para adelante— y esa continuidad que no se da.


Todo esto hace que, finalmente, quien realmente quiera hacerlo, lo hace por su cuenta. Tenemos el caso de Toribío y su trabajo tan fuerte en salud intercultural, sobre todo en atención a gestantes y partos: es un esfuerzo hecho por ellos, porque ellos quieren hacerlo y buscan apoyo y asesoría en un lado y en otro. Pero eso no pasa en todo lado: cada uno hace lo que puede, sin asesoría ni recursos. Hasta que llega una visita de los entes de control y ahí medio intentan moverse.


Esta encuesta nació en un diplomado que hicieron la Universidad del Cauca, la Secretaría de Salud del Cauca y Sinergias. Ahora que están los resultados, ¿qué esperan que hagan con ellos las instituciones que participaron, y quién más debería estar leyendo esto?


Es una invitación para que lo lean todos aquellos que hacen la atención del nacimiento. Debería revisarlo la gerencia de las instituciones, además. Las 12 instituciones de los 10 municipios que participaron deben reconocer los hallazgos: qué tanto se sabe de parto humanizado, qué tanto los protocolos facilitan que eso que está en la teoría se lleve a la práctica, qué hace falta de infraestructura.


Hay municipios donde la población indígena es mucho mayor y allí estas adecuaciones son mucho más urgentes: los resultados maternos y perinatales para la población indígena y afro siguen siendo totalmente catastróficos en comparación con quienes no tienen esta pertenencia.


La academia también debe poner atención. Se han ido incluyendo algunos conceptos en la universidad, pero no en todos los programas. Hace falta que medicina esté también más empapada de interculturalidad, y que la obstetricia como especialidad tenga un acercamiento mayor a la coexistencia de la partería en el departamento. No para rechazarla y culparla, como en ocasiones se ve en las unidades de análisis, sino para reconocer que están haciendo su práctica y que han atendido nacimientos desde antes de la formación médica en el departamento.


Asimismo deberían hacerlo los tomadores de decisiones del nivel territorial, porque se necesita más diálogo intercultural, y mayor encuentro entre los mismos trabajadores de salud. Que esto se vuelva un tema de conversación permanente, para que vaya más allá del chumbe en la sala de parto o de la pared pintada de tal o cual color. El Ministerio también debería revisar esta información. Y hay que seguir haciendo estos procesos de investigación y ampliarlos, porque dan sustento para definir acciones: si la Secretaría Departamental les prestara mayor atención, esto debería dar pie a un plan de trabajo y permitir gestionar más recursos a nivel local, nacional e incluso internacional.


Por su parte, las organizaciones indígenas también deberían estar conociendo esto: a pesar de que el movimiento indígena busca que todo su proceso de cuidado se realice en el territorio, inevitablemente siempre va a salir hacia la parte biomédica, y es ahí donde se presentan estas situaciones.


Ya lo compartimos en los grupos de los diplomados, donde la mayoría son asistenciales. Pero necesitamos también que llegue a las gerencias.


Dos cosas para una mujer que está por dar a luz en Popayán o en un municipio rural del Cauca, y para su familia: ¿qué tiene derecho a exigir y qué no tendría por qué aceptar?


Esto hace parte de la respuesta sobre la ley: cumplirla requiere que las mujeres y las familias encuentren mecanismos para ejercer sus derechos.


Esa mujer puede pedir un buen trato, y darlo. También puede pedir el acompañamiento, durante todo el trabajo de parto y el parto, por alguien significativo, de confianza, que le dé tranquilidad y apoyo. Tiene derecho a que le suministren medicamentos para el dolor si lo percibe muy intenso. Puede asumir distintas posiciones y deambular durante el trabajo de parto. Escoger, al momento del expulsivo, cuál posición adoptar: acostada, arrodillada, de pie, y dónde —aunque todavía no tenemos la infraestructura para ofrecer todas las posiciones ni la capacidad técnica de quien atiende—. Después vienen otros derechos: el contacto piel con piel durante una hora; que en esa hora se inicie la lactancia materna, y que el bebé y ella permanezcan juntos siempre. Tampoco son cosas grandotas, pero a veces cuesta trabajo garantizarlas.


Está también el acompañamiento con partera, y los cuidados propios, distintos según el grupo étnico: es decir, los rituales, la alimentación —poder consumir o evitar ciertos productos después del parto— y el tema de los baños. Está, además, la ritualidad de la siembra de la placenta y el cordón umbilical en su territorio, que ahora facilitan también las instituciones de mayor complejidad. Eso provee arraigo al territorio. Antes, cuando las mujeres venían referidas a mayor complejidad, no podían reclamar su placenta. Ahora se hace más frecuentemente, y eso hace parte de los avances significativos.


Todos estos derechos buscan que las mujeres tengan una mejor experiencia. Esa buena experiencia hace que ellas, en su siguiente nacimiento, puedan ser atendidas en un hospital, donde una complicación tiene menos riesgo de progresar si se atiende adecuadamente. Esto debería enseñarse en el control prenatal, pero también en los encuentros comunitarios, en la radio y en las redes.


¿Y qué no tendrían por qué aceptar? Todo lo que tenga que ver con violencia, maltrato o un trato poco digno. Nadie tendría por qué burlarse de sus cuidados o de sus costumbres. La mayoría de los cuidados culturales en torno al parto y el posparto son protectores y no generan daño; tal vez alguna situación amerite concertación, pero en su mayoría son protectores.


Y en las instituciones debe haber claridad de que las mujeres muchas veces no hablan, no exigen —sobre todo las mujeres indígenas, muchas veces se quedan calladas—. Sin embargo, el impacto que una actitud del personal de salud genera en esa mujer que se quedó callada es muy grande. Se puede estar cumpliendo el protocolo y llevándose por delante estas prácticas sin saberlo: cuando ellas regresan a las comunidades eso se vio como un maltrato, pero quien estaba ahí ni siquiera se dio cuenta. Porque por protocolo todas se tienen que bañar, por ejemplo. O el uso de amuletos: en algunas culturas, sobre todo entre los yanaconas, pueden estar usando algún tipo de amuleto que deben tener consigo en todo momento. Y algo tan simple como decirle "quítese todo" puede generar un impacto muy fuerte: si me quitan la protección, ¿cómo voy a vivir un proceso tan importante sin ella?


Preocupa incluso el tema de la placenta: a pesar de que ya se ha empezado a trabajar, cuando uno conversa más, las personas dicen “no la voy a recibir, porque vengo de por allá lejos y me tengo que quedar aquí, ¿y qué voy a hacer con la placenta todo el tiempo que esté acá?”. Hay que plantear mejores soluciones, como entregarla sembrada en una vasija de barro y con tierra, que ahí aguanta hasta que vuelvan a su casa.


Finalmente, los hospitales deberían tener un área específica de atención intercultural. No un médico tradicional y ya, sino un equipo con sensibilidad frente al tema, que ayude a hacer conexiones y dé asistencia técnica al interior de la institución. Que si llega una señora de tal pueblo indígena, y para ella es importante una partera, se puedan hacer esas conexiones. El tema de la lengua es otra barrera: en un pueblo pequeño es más fácil buscar quién ayude a hacer de intérprete, pero en las instituciones grandes debería haber un área encargada.


En fin: hay una diferencia entre humanización e interculturalidad. Pueden ir de la mano, pero no son lo mismo.


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